No se puede decir que hayamos empezado el año con buen pie. Dos viajes y dos problemas.
Como muchos sabéis celebramos la Nochevieja en Albacete y para Reyes fuimos a Zaragoza a pasarlos con la familia de Pilar. La Familia Cebolleta fuimos en coche hasta Alicante y allí Pilar y yo cogimos un avión Alicante-Zaragoza que al final resultó ser un avión Alicante-Zaragoza-Reus con lo que ello implica: varios intentos de aterrizar en Zaragoza fallidos por la niebla, esperar en el aeropuerto de Reus dos o tres horas al autobús que (Meg)Ryanair nos envió y luego otras tantas de viaje Reus-Zaragoza. En fin, un goce para los sentidos.
Pero para goce de verdad, la particular odisea de mis dos últimos días:
Ayer jueves salí en autobús en dirección a Valencia ya que hoy Viernes tenía que presentarme firme e impoluto en mi puesto de trabajo. Como ya iba sobre aviso (por lo del avión) llamé antes de coger el autobús a ver el estado de las carreteras. "Están circulando con normalidad" me dijo una vocecilla al otro lado del teléfono. "Yo te maldigo vocecilla" pensé horas después cuando en la estación de Teruel nos dijeron que no podíamos seguir porque estaba la autopista cortada. Al principio no nos lo tomamos muy en serio. "En un par de horas como mucho saldremos", "sólo hay que esperar a que pase el quitanieves", etc.
El caso es que se fueron escabullendo las horas junto con los nervios del personal. Había pasado ya la hora de cenar y la gente sospechaba (acertadamente como luego se demostró) que esa noche no disfrutarían como monicacos en sus camas.
Algunos infelices buscaron otras salidas: trenes, taxis, bus a Zaragoza. Nada, todo cortado. No había escapatoria. Había que afrontar toda la noche en la estación de Teruel con Radio-Macuto suministrando información cada hora y disfrutando de los 40 Principales de música ambiente.
Tengo lagunas de esa noche. Dormí en diversos periodos irregulares de entre media hora y una hora. De vez en cuando salía a estirar y congelar las piernas, como en los viajes transoceánicos. Pero con los 40 Principales de música ambiente.
La gente esperaba el milagro matutino y a las 7 de la mañana, que era totalmente de noche, hubo escampada general al grito de "las carreteras deberían estar ya abiertas", "nos están tomando el pelo", "aquí nadie dice nada", "yo me voy en tren", etc. Nuestro grupo se vio mermado por numerosos abandonos. Nunca supimos qué fue de aquellos infelices que nos abandonaron. Algunos llegarían sanos y salvos a casa y otros estarán aun atascados o perdidos en la inmensidad.
Yo por mi parte, tras desayunar y con un poco más de luz, decidí arriesgar por el tren. Maleta en mano y con mucha nieve y hielo me crucé Teruel entero hasta la estación de Renfe (aunque suene mucho fueron unos 5-10 minutos).
- Hola muy buenas. Un billete para el próximo tren a Valencia.
- Aquí tiene, sale en 20 minutos, a las 10.
Tras una noche nefasta en la estación de autobuses no puedo expresar el gozo de tocar la salvación con mis propias manos. Ingenuo de mí.
- (megafonía) El tren procedente de Zaragoza hará su parada a las 11.55
Caras de circunstancias.
- (megafonía) El tren procedente de Zaragoza no saldrá hacia Valencia debido a la nieve.
Caras de desesperación al borde de la neurosis.
Se devuelven los billetes. Nos comunican que el tren anterior que iba a Valencia se tuvo que parar en la inmesidad obstaculizado por un alud, un yeti o yo qué sé.
No hay salida por tren. Vuelta con la maleta a la estación de autobuses.
Allí me esperaban con los brazos abiertos el grupo de irreductibles formado principalmente por Radio-Macuto (3 abuelas, 2 abuelos, 2 chicas y 1 joven) y el grupo "A mi esto ni me va ni me viene" (3 moros y 1 ruso). A la hora de comer nos comunican que por fin han abierto la carretera. En dirección Zaragoza. El conductor (que era el que más harto estaba de todos) dice que él se vuelve a Zaragoza y el que quiera que se suba y el que no que se quede. Así que vuelta a Zaragoza donde estoy ahora escribiendo esto mientras espero para ir a ver Avatar en 3D.
He de reconocer que yo hubiese estado perdido durante las 24 horas en la estación de Teruel de no ser por mis dos inseparables compañeros: un Torto de Peñaflor y el último libro de mi amigo Paul Auster. Bueno, lo de inseparable lo digo por el libro, porque el traidor del Torto me abandonó a mi suerte después del desayuno y nunca más supe de él.
Eso es todo de momento. Nadie puede asegurar que la odisea no se prolongue mañana o el domingo cuando intente volver de nuevo a Valencia.











































