

Como buenos colegas, hay que llevar regalos al anfitrión y exigir que se los pruebe, anillo incluido:


Hubo de todo, cenita de picoteo con el jamoncito, el quesito, etc. que duró cero coma y luego las bandejas de carne, choricillos, hamburguesas... vamos, que nos pusimos las botas.
El espectáculo lo puso la gente con la competición de encestar limones en la piscina desde la otra punta del chalet, la carrera de la antorcha, Lucas haciendo de Estatua de la Libertad y los típicos comentarios de qué has hecho Lucas?


Hubo momentos en que pensé que me había colado en una fiesta de ambiente gay, ya que varias personas intentaron chuparme:

Luego me di cuenta de que mi instinto no suele fallar en esas cosas y tenía razón, allí había mucho mariconeo, cosa que no debería de sorprenderme tanto conociendo a estos individuos de tantos años como los conozco. Una muestra de los juláis:





De las fotos se deduce que el Borja es un vicioso del chupeteo y que al Nacho le mola sobar al Esteban
Sin duda el momento cumbre y memorable de la fiesta (exceptuando cuando Lucas casi prueba el anillo) fue la tradicional salida a por churros cuando el sol empieza a picar. Este año la expedición la formaban Jorge, Spiderman, Pablo, Wazowski y Didac. Sé que existen fotos, pero aún no me he hecho con ellas. Según los rumores, Wazowski firmó varios autógrafos y una señora mayor confundió a Spiderman con Superman.
El planning del fin de semana es simple: llegar el viernes por la tarde, beber, cenar, fiesta hasta los churros, churros, dormir si eres débil mental, día de descanso en la piscina, cenar, visitilla turística por Zaragoza y volver el domingo con un mensaje de paz:

En el viaje de vuelta nos encontramos con el motero-loco que nos impedía el paso y con sus arriesgadas maniobras ponía en peligro su propia integridad física y nuestros preciados puntos del carné. Cuando el motero-loco se frenó en seco en medio de la carretera obligando a nuestro piloto a dar un volantazo, nuestro copiloto no tuvo más remedio que bajar la ventanilla en 1,3 segundos y lanzarle un par de improperios bien merecidos.
Más tarde, cuando paramos a echar gasolina, el motero-loco pasó con su sosegado ritmo por delante de nosotros con la mirada fija en nuestro coche. Menos mal que decidió perdonarnos la vida, si no, la carretera se habría cobrado otra víctima ese fin de semana.

